ANATOMÍA DE UN INSTANTE
Es como si el mundo de Albornoz (fotógrafo, daguerrotipista, conservacionista y artista visual) estuviese regado por un fertilizante empecinado. Su estudio es una yunga de papeles cuyas ramas tropiezan con patentes viejas, dibujos infantiles, maniquíes, blísters, recordatorios variopintos; todo custodiado por dos perros salchichas propietarios de un tobogán para subir al sillón.
por Silvina Cena
A mi psicóloga le comento esto: que hay en Tucumán, donde vivo, un hombre que ha decidido erigirse archivo viviente de fotos, que vive para documentarlas en detalle. Que, por ejemplo, a fines de los 90 ha cruzado la ciudad para rescatar bolsas y más bolsas que contenían todo lo que había quedado del último en naufragar de los estudios fotográficos de la provincia: máquinas, rollos, fondos ilustrativos. Que, otro ejemplo, tiene un archivo de Excel en permanente construcción en el que enlista la cantidad y los datos biográficos de los fotógrafos que han vivido acá, desde el primero hasta el último, y para hacer eso tuvo que irse a hurgar documentos de mediados de 1800.
Que lo encontré: yo, que busco tesoros, encontré al acumulador de tesoros.
Y mi psicóloga tuerce la boca, dice “ah”, con evidente intención de podar mi entusiasmo. Que donde yo veo una pirotecnia de historias, ella ve un obsesivo. Un tipo que no tiene nadie que lo rete por andar juntando papeles, dice. Y que cuidado con festejar la falta de síntesis.
Y dejo que hable, que siga hablando con parcial razón, pero mis oídos se cierran porque estoy a años luz de ese dilema. Ya sé del valor añadido de esas pilas de sobres, ya reconozco a un guardián de recuerdos cuando lo veo. Tengo la bibliografía necesaria para ganar esta discusión. Esto es: ya leí el libro Las fotos, de Inés Ulanovsky.
Las fotos es un compendio de historias reales detrás de imágenes que por distintas razones calaron en la memoria de su autora, que es fotógrafa (y en términos de mi psicóloga, otra obsesiva). Hay un hijo que descubre por azar un retrato inédito de su padre desaparecido; un hombre y una mujer que se reencuentran tras medio siglo con su hermano mayor -y con la triste historia que explica ese vacío- merced del minucioso trabajo de un documentalista; una nena que encuentra una imagen en una caja fuerte sin saber por qué está escondida ni por qué la atrae tanto, hasta que luego se le revelará un secreto familiar al que ella pone rostro a partir de esa postal.
Hay desenlaces conmovedores, datos históricos, preguntas abiertas, coincidencias mágicas y una puerta a la vida personal de la autora que hacen que el libro -que es breve y ágil de leer- eche anclas en la emocionalidad de los lectores. Y, además, una porción de suspenso bien estudiada: las fotos aludidas en los textos aparecen como frutilla del postre, como algo que se nos convida después de habernos motivado todos los sentidos. A veces ratifican cierta idea previa y a veces la reformulan por completo, al punto de que es necesario volver unas páginas para releer y resignificar…